Los juicios sintéticos a priori como fundamento del conocimiento

Immanuel Kant (1724-1804) puede ser considerado un divisor de aguas en la historia de la filosofía. Hay quien afirme que se puede hacer una filosofía contra Kant o a favor de Kant; pero nunca sin Kant. De hecho Kant es de los mayores filósofos de la modernidad. Su pensamiento propuso una revolución tan grande y significativa que él mismo lo comparó con la revolución creada por Copérnico en el campo de la astronomía; así surgió la expresión “Revolución copernicana de Kant”; que se refiere a la revolución que Kant propuso con relación al tema del conocimiento.

El presente artículo tiene como base la obra “Crítica de la Razón Pura”. Es en esta obra que Kant va a tratar el problema del conocimiento, el valor de los conocimientos y es aquí donde podremos constatar la revolución copernicana realizada por Kant. En lo que sigue, mostraré cómo los juicios son necesarios en el proceso del conocimiento. Pero antes de ver los juicios analizaremos algunos aspectos del proceso de conocimiento en Kant que nos ayudarán a distinguir los juicios.

1. ¿Qué es conocer?

Kant inicia la obra “Crítica de la Razón Pura” realizando una distinción entre conocimiento puro y conocimiento empírico, y coloca la experiencia como fuente o principio de todo el conocimiento humano. Al analizar esta afirmación podemos pensar que Kant por poner la experiencia como principio del conocimiento es un filósofo empirista. Sin embargo, profundizando un poco más en la “Crítica de la Razón Pura” veremos que no se trata de empirismo, sino de un criticismo. “Según el tiempo, pues, ningún conocimiento precede en nosotros a la experiencia y todo conocimiento comienza con ella”. (Kant, 1980, p. 23).

Pero no significa que todo conocimiento se origine justa y únicamente de la experiencia. Vemos desarrollar en la obra un enfrentamiento. De un lado están los conocimientos puros y de otro los conocimientos empíricos. “Tal conocimiento se llama a priori y se distingue del empírico, que tiene fuentes a posteriori, es decir, de la experiencia”. (Kant, 1980, p. 23). Para comprender el tema de los juicios es necesario que comprendamos la base de “Crítica de la Razón Pura”. Cuando Kant distingue dos tipos de conocimiento, que al principio se denominan puro y empírico, él está diciendo que en el proceso del conocimiento tenemos un conocimiento que es independiente de la experiencia y que está ligado a la abstracción; ese conocimiento denominamos puro, así éste posee sus fuentes a priori. En contrapartida, habla de otro conocimiento que posee sus fuentes a posteriori, o sea, en la experiencia; este lo llamamos empírico.

Hecho esta distinción, podemos llegar a la conclusión de que los conocimientos a priori son aquellos que son totalmente independientes de la experiencia y los a posteriori son aquellos que se dan por medio de la experiencia. Sin embargo, encontramos en los conocimientos a priori una problemática: las proposiciones sólo pueden ser consideradas puras cuando en ellas no se constata nada de base en la experiencia. Para aclarar esta situación, veamos lo que Kant ejemplificó: “Así por ejemplo, la proposición: todo cambio tiene su causa, es una proposición a priori, mas no es pura, porque el cambio es un concepto que no puede ser sacado más que de la experiencia.” (Kant, 1980 p. 24). Sobre la experiencia él aclara:

La experiencia no da jamás a sus juicios universalidad verdadera o estricta, sino sólo admitida y comparativa (por inducción), de tal modo que se debe propiamente decir: en lo que hasta ahora hemos percibido no se encuentra excepción alguna a esta o aquella regla. Así pues si un juicio es pensado con estricta universalidad, de suerte que no se permita como posible ninguna excepción, entonces no es derivado de la experiencia, sino absolutamente a priori. (KANT, 1980, p. 24).

Antes de tratar más específicamente sobre el tema de los juicios, Kant ya predice que en el conocimiento humano existen juicios que él dijo ser necesarios y universales, luego son puros a priori. Un ejemplo claro de esto son las proposiciones matemáticas. Cuando digo que (3 + 2 = 5) no necesito experimentar para poder llegar a tal conclusión. Los conocimientos a priori, puros, son indispensables, se hacen presentes en nuestra facultad de conocer. “si en vuestro concepto empírico de todo objeto, corporal o incorporal, prescindís de todas las propiedades que os enseña la experiencia, no podréis sin embargo suprimirle aquella por la cual lo pensáis como substancia o como adherente a una substancia” (Kant, 1980 p. 25).

2. Los juicios analíticos y sintéticos

En “Crítica de la Razón Pura”, Kant va a analizar el valor de los conocimientos puramente racionales, a través de su revolución copernicana va a colocar en cuestión no más el objeto del conocimiento, sino cómo se da el proceso humano de conocimiento. En esta obra Kant propone una filosofía trascendental. Con la revolución de Kant ya no es el objeto el centro del conocimiento, sino el sujeto cognoscente. De este modo, para recorrer tal camino parte de la distinción entre: juicios analíticos y sintéticos. “Los juicios analíticos (afirmativos) son, por tanto, aquellos en los cuales la conexión del predicado con el sujeto es pensada por identidad; pero aquellos en los que esta conexión es pensada sin identidad, deben llamarse juicios sintéticos.” (Kant, 1980, p.27).

Kant es un pensador metódico, de modo que podemos afirmar: los juicios analíticos se independizan de la experiencia; si se independizan de la experiencia podemos afirmar que son entonces a priori; si son a priori no pueden ser conocidos, o no generan conocimiento. Es por eso que Kant también los denominó como “juicios de elucidación”, es decir, aclaran o explican tal conocimiento, pero no generan nada nuevo. Por esta razón es que en este juicio el predicado ya está contenido en el sujeto.

En cambio, los juicios sintéticos dependen de la experiencia; si dependen de la experiencia, luego son a posteriori. A diferencia de los juicios analíticos, estos amplían nuestro conocimiento, producen conocimiento, por eso es que Kant también los denominó como “juicios de ampliación”, pero éstos no son universales, pues derivan de la experiencia.

Después de esta primera distinción nos encontramos con un problema: por un lado están los juicios analíticos que no pueden ser conocidos; de otro lado están los juicios sintéticos que pueden ser conocidos pero no son universales. ¿Sobre qué juicio se fundamenta la ciencia del conocimiento? ¿Cuál es el resultado de esta difícil cuestión?

Sobre tales principios sintéticos, es decir, extensivos, reposa todo el objeto último de nuestro conocimiento especulativo a priori; pues los principios analíticos son, en realidad, muy importantes y necesarios, pero tan sólo para alcanzar esa claridad de los conceptos requerida para una síntesis vasta y segura en lugar de una adquisición realmente nueva. (KANT, 1980, p. 28).

La salida presentada por Kant es notable. Según él, el objeto de nuestro conocimiento especulativo reposa sobre los principios sintéticos. Sin embargo, resalta que estos principios sintéticos deben ser a priori. De aquí, vemos entonces la necesidad de formular un juicio que fundamente la ciencia y el conocimiento, pero que sea posible de ser conocido y universalizado. Este juicio será entonces el juicio sintético a priori. Sobre este es que se debe fundamentar el conocimiento humano.

3. Consideraciones finales

Ante el dilema creado por los juicios analíticos y sintéticos, Kant presenta un importante camino para fundamentar el conocimiento humano: los juicios sintéticos a priori. De a poco durante el desarrollo de “Crítica de la Razón Pura” Kant va realizando un gran cambio en el campo de la teoría del conocimiento. La distinción de los juicios analíticos y sintéticos y el apunte de los juicios sintéticos a priori como fundamento del conocimiento presentados al inicio de la obra abren camino para la gran revolución copernicana de Kant y para un análisis de los conocimientos, o mejor, del modo en que el hombre conoce.

Referencias:

Kant, Immanuel. Crítica de la Razón Pura. Trad. Libreria General de Victoriano Suárez, Madrid, 1928.

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